Madre e hija. Ana y Mariana. Y la historia de un nombre.

Las Auroras nació en 2011, cuando Ana y Mariana —madre e hija— decidimos compartir aquello que siempre había estado presente en nuestra vida: el tejido, las manos ocupadas, las ganas de crear y el deseo de enseñar.

Lo que empezó como un emprendimiento de crochet y bordado fue creciendo con los años hasta convertirse en un espacio mucho más amplio. Hoy seguimos enseñando a tejer, pero también construimos una comunidad de mujeres que encuentran en una madeja una pausa, un refugio, una forma de volver a sí mismas.

Cada una llegó a este proyecto desde su propia historia.

Ana aprendió crochet de su abuela y dedicó gran parte de su vida a la docencia, llegando a ser directora de escuela. Siempre disfrutó enseñar, acompañar procesos y transmitir saberes. Le apasionan las artesanías, las plantas, la lectura y la cocina, y todavía hoy sigue creyendo que los conocimientos más valiosos son los que pasan de una persona a otra.

Mariana aprendió a tejer de chica con su mamá y nunca dejó de hacerlo. Después llegaron la costura, el bordado, otras técnicas manuales y los libros. Estudió Letras, trabajó muchos años en ese ámbito y finalmente eligió dedicarse por completo a este proyecto. Hoy vive en las sierras, rodeada de naturaleza, donde también funciona el taller desde el que nacen muchas de las ideas de Las Auroras.

Pero si hay algo que siempre despierta curiosidad es nuestro nombre.

Muchas personas creen que surgió de una única historia, pero en realidad nació de la unión de varias.

Por un lado, Aurora es un nombre que atraviesa nuestra familia desde hace generaciones. Martha Aurora, la mamá de Ana, llevaba ese nombre. También una tía abuela se llamaba Aurora. Y los años siguieron haciendo lo suyo: hoy otra Aurora, de 12 años, continúa esa tradición familiar.

Pero hubo además una casualidad —o una de esas coincidencias que después parecen inevitables—.

Mientras buscábamos un nombre para el emprendimiento, entré a una librería. Allí había una beba que no dejaba de sonreírme. Me acerqué y le pregunté cómo se llamaba.

—Aurora —me respondieron.

Volví donde estaba Ana y le conté la anécdota.

—¿Y si nos ponemos Las Auroras?

No hubo demasiadas vueltas. El nombre nos encontró antes de que nosotras termináramos de buscarlo.

Con el tiempo descubrimos que también nos representaba por todo lo que significa.

La aurora es la luz que aparece antes de que salga el sol. Es el comienzo de algo. Es ese instante en que todavía no es de día, pero ya sabemos que la claridad viene en camino.

Nos gusta pensar que eso también es este espacio.

Un lugar donde muchas mujeres empiezan algo nuevo. A veces aprenden crochet. A veces recuperan tiempo para ellas. A veces conocen amigas, encuentran calma o vuelven a hacer algo que creían perdido.

Con los años entendimos que Las Auroras ya no somos solamente Ana y Mariana.

Son también todas las mujeres que pasaron por nuestros talleres, las que aprendieron, las que enseñaron, las que compartieron una charla mientras tejían, las que llegaron por un curso y se quedaron por la comunidad.

Porque los nombres, igual que los tejidos, se construyen puntada a puntada.

Y Las Auroras, después de tantos años, sigue siendo exactamente eso: una historia que continúa tejiéndose entre muchas.

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