Hace 15 años, en esta fecha, me estaba yendo de viaje al sur a ver a mi mejor amiga porque su hijo cumplía un año. Eran vacaciones de invierno. Con mucha anticipación tenía los pasajes en avión, pero fue el 2011, año en que el volcán Puyehue-Cordón Caulle entró en erupción y una enorme nube de cenizas cubrió gran parte de la Patagonia. Los aeropuertos estaban cerrados, nos devolvieron los pasajes y tuvimos que hacer el viaje en micro.
Hoy pienso que ese paisaje gris, cubierto de cenizas, tenía bastante que ver con el momento que yo estaba viviendo.
Me llevé lana para tejer en el viaje y, al rato, ya tenía un gorro y una bufanda para mi amiga. Me había quedado sin lana con veinte horas de viaje por delante.
Ya tejía, sí, siempre tejí. De hecho, le tejí al niño del cumpleaños un chaleco de lana, a pedido de su mamá, durante esos días allá. En el festejo, una amiga de mi amiga me dijo:
—¿Conocés a Esperanza, de Tejiendo Perú?
Le dije que no. Al volver, lo primero que hice fue buscarla y empezar a tejer amigurumis.
El tejido estaba presente siempre y en todo, pero no fue hasta esos días, en los que yo estaba saliendo de uno de los peores momentos de mi vida tejiendo —transcurría una parte muy fuerte de mi depresión tras la muerte de mi papá, a sus 53 años—, que empecé a entender realmente todo lo que el tejido significaba para mí.
Nuestro lema, «Tejiendo sueños, destejiendo pesadillas», no es una frase que sacamos de Pinterest. Salió de la experiencia, de nuestro corazón y de las ganas de transformar nuestros días.
Un día cualquiera, Ana comentó una publicación de Facebook donde mostraban unas alfombras tejidas en totora preguntando el precio. Yo vi el comentario y le escribí por celular:
—¿Vas a vender alfombras?
Se lo dije en tono de chiste.
Me contestó que no, que era solo curiosidad.
Pero en esa misma publicación de Facebook me respondió:
—Te amo, hija.
Hacía meses que no hablábamos más que lo justo y necesario.
Un recuerdo de Ana
De ese año en que la tristeza, el enojo y el dolor nos atravesaban, recuerdo especialmente un comentario que hice en Facebook. Fue en una publicación de una página que se llamaba Mientras Tanto.
Muchos años después pensé que tampoco había sido una casualidad ese nombre.
Porque eso era exactamente lo que estábamos haciendo: mientras tanto… seguíamos viviendo, seguíamos atravesando el dolor y, sin saberlo, empezábamos a reconstruir nuestro vínculo.
En medio de esos momentos tan difíciles nació, desde el crochet, un espacio que nos permitió volver a encontrarnos.
Fue el camino que nos ayudó a relacionarnos desde un lugar cada vez más sano, más amoroso y más profundo. Sin imaginarlo, ahí también empezaban a nacer Las Auroras.
Ese año fue realmente horrible, pero de esas tormentas nacen Las Auroras: como un deseo de conectar con la vida y, sobre todo, como un deseo compartido de volver a encontrarnos mi mamá y yo.
A los días le escribí y le dije:
—¿Y si tejemos para vender?…
Marian