Hay pausas que llegan solas: el cansancio, el colapso, el límite. En mi caso me quebré un tobillo, no fue una pausa, fue un freno del cuerpo diciéndome basta, y desde ahí tomé conciencia de muchas cosas, una de ella es que las PAUSAS cotidianas son aquellas que previenen el colapso, porque si no frenamos hay dos opciones: colapsamos o nos convertimos en robots.
Por esto vamos a hablar de las que elegimos.
Las que se hacen lugar entre las tareas, el ruido, la velocidad.
Las que no buscan escapar, sino volver.
Este domingo, en el Ritual de Domingo, tejemos la palabra PAUSA.
Y no cualquier pausa: una pausa consciente, una pausa ritual.
Porque cuando la pausa se hace con intención, no tiene desperdicio.
Es un puente. Un descanso con sentido. Un volver a sentir.
La pausa como libertad
Simone de Beauvoir escribió que “vivir es elegir”, y que la libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en decidir desde dónde queremos hacerlo.
Pausar también es eso: un acto de elección.
Una decisión que nos saca del automatismo y nos devuelve al poder de elegir qué ritmo queremos sostener, a qué decir sí y a qué decir basta. Viviendo a mí, los meses de reposo me hicieron darme cuenta de la velocidad a la que iba y elegí cerrar el comercio que tenía en ese momento, demasiados frentes abiertos. Aún estoy en el proceso de validar esta elección. Vivo de mi trabajo, no es fácil soltar una parte.
En una cultura que glorifica la productividad, frenar es un acto político.
La pausa, vista desde Beauvoir, no es descanso sino soberanía. Así lo sentí, me adueñé de mi vida y dije, NO PUEDO CON TODO ESTO.
Es el instante en que dejamos de reaccionar y volvemos a habitar el presente con conciencia. ahí está el cambio radical que a futuro puede dar nuestra vida.
La pausa como vínculo con una misma
Pilar Sordo suele decir que “el cuerpo habla cuando la emoción no puede”.
Y es cierto: cuando no nos damos pausa, el cuerpo lo hace por nosotras.
A veces creemos que parar es perder tiempo, pero lo que perdemos es energía al no detenernos a sentir.
La pausa es ese momento donde nos volvemos a escuchar.
Donde dejamos que el cansancio hable, que la emoción se acomode, que el cuerpo diga su verdad.
No se trata de una pausa vacía, sino de una pausa que nutre.
De tomarse un té sin mirar el teléfono, de dejar la aguja quieta y respirar, de salir a caminar solo por el gusto de moverse.
La pausa como un gesto de ternura hacia una misma. Revolucionario.
La pausa como fuente de creatividad
Julia Cameron escribió en El camino del artista que “el silencio no es vacío, está lleno de respuestas”.
Y es que el hacer constante nos aleja de la intuición.
Solo cuando frenamos, algo dentro puede escucharse.
La pausa ritual tiene ese poder: transformar el silencio en fuente.
Cuando tejés sin apuro, cuando respirás antes de empezar una nueva vuelta, cuando te regalás cinco minutos de quietud, algo se reordena.
La pausa crea espacio.
Y en ese espacio, vuelve la voz propia.
Pausar como acto ritual
Una pausa ritual no busca eficiencia ni resultados.
Busca presencia.
Es detenerte con intención: respirar, sentir, agradecer, volver al cuerpo.
Ahí es donde la pausa deja de ser pérdida de tiempo y se vuelve fuente de energía y sentido.
Porque en realidad no estás dejando de hacer: estás sosteniendo lo invisible.
La pausa ritual no tiene desperdicio.
Es el momento donde lo que sos se acomoda.
Donde el alma se estira y respira.
Donde te recordás que estás viva.
Este domingo tejemos la palabra PAUSA
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Te esperamos en este nuevo encuentro del Ritual de Domingo.
Una hora para frenar.
Para respirar.
Para volver a vos.
Marian
#lasauroras